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Retablo mayor

Presentación Restauración Contemplación

Mirando el retablo con ojos de fe

 

Entrar en la Basílica de San Lorenzo, de Huesca,

es entrar en un espacio radiante de luz.

Luz que te abraza, te envuelve y te acoge suavemente.

 

Paso a paso, las columnas, el artesonado de techo, la cúpula, las vidrieras...

nos invitan a contemplar el magnífico retablo del altar mayor.

 

Y mientras los ojos ven, el espíritu va leyendo, el corazón saboreando...

y el creyente rezando.

 

 

Los cristianos oscenses del siglo XVII, por medio de sus artistas, pusieron ante los ojos, también de los que no saben leer, unas figuras, unos gestos, unos signos. Así transmitieron un mensaje y confesaron su fe. El retablo tiene trazado un inmenso triángulo que se abre hacia lo alto, y una vertical que, desde lo más hondo, alcanza el cielo más alto.

 

El triángulo de los diáconos:

- San Esteban (arriba a la izquierda del espectador), el primer cristiano que murió por creer en Jesucristo. Vestido con ornamentos de diácono, en sus manos la palma del martirio y el evangelio que anunció. Sobre éste unas piedras. Murió apedreado junto a las puertas de Jerusalén.

- San Vicente (arriba a la derecha), hijo de Huesca, quien después de anunciar el evangelio en nombre del Arzobispo de Zaragoza, San Valero, fue cruelmente martirizado. Con sus vestiduras diaconales, nos muestra también la palma del martirio y el evangelio que vivió y predicó. Apoya su brazo izquierdo en una piedra de molino. Con ella atada al cuello lo arrojaron al mar Mediterraneo en Valencia.

- San Lorenzo, hijo de Huesca (en el cuadro central y en la predela, debajo del cuadro). Fuera de las puertas de Roma distribuye el pan a los pobres. Cuando el emperador le ordena que presente los tesoros del la Iglesia, Lorenzo le presenta a los pobres. La respuesta no se hizo esperar: murió en una parrilla sobre una hoguera.

Las imágenes de Esteban, Vicente y Lorenzo, trazan en el retablo un grandioso triángulo, uno de cuyos vértices toca la tierra, -el mundo de los poderosos que oprimen, de los pobres y marginados, el mundo donde seguir a Jesús es servir y compartir, y arder por amor-; los otros vértices tocan ya el cielo, donde triunfan los santos con la Virgen María, Asunta .

A los lados del triángulo, junto a la hoguera donde se tuestan las carnes del hijo, Orencio y Paciencia, los padres de San Lorenzo. Es el amor que nunca abandona, el amor que aparece cuando crece el dolor.

 

Y en la vertical de la comunión

Lorenzo repartiendo el pan, representa la comunión con los pobres y la comunión con Cristo en los pobres.

Él lo sabe muy bien, y lo ha explicado muchas veces, aquello que dijo Jesús: «Tuve hambre y me disteis de comer». Este compartir le llevo a la hoguera. Y aguantó con fortaleza y ánimo el rigor de las llamas, porque otra hoguera más viva ardía en su alma. Su fe. Su amor.

Sobre el lienzo del martirio de San Lorenzo, el retablo tiene un óculo. Era el lugar para guardar la eucaristía. Lo cubre una vidriera redonda en la que se presenta al Espíritu en forma de paloma.

De la comunión con Cristo eucaristía le llega a Lorenzo

la luz, la fuerza, la alegría, la corona de laurel, el triunfo para siempre.

 

La vertical de la vida: servicio, compromiso con los que sufren, martirio,

fuerza de Dios... y el cielo. La vertical de la comunión.

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