REZAR CON EL EVANGELIO

Miércoles de la 22ª semana del t.o.

 

1. Abro el corazón a Dios.

Puede servir la repetición de alguna oración breve:

    "Gracias Señor porque estás siempre a mi lado",

    "Ayúdame a sentir tu cercanía",

    "Quiero estar contigo, Jesús".

 

2. Lectura del Evangelio. Escucho.

San Lucas 4, 38-44

 

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta, y le pidieron que hiciera algo por ella. El, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles.

Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera, se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando. De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: "Tú eres el Hijo de Dios". Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías. Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese. Pero él les dijo: "También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado. Y predicaba en las sinagogas de Judea.

 

 

3. Reflexiono y rezo. Respondo.

¿Qué me quieres decir, Señor? ¿Cómo puedo hacer realidad este evangelio en mi vida?

 

Esta página del Evangelio tiene el color del éxito. Jesús cura a la suegra de Pedro e inmediatamente se puso a servirles. El servicio es signo de salud, de salvación. Y el servicio es fuente de alegría. Damos gracias porque hoy sigue curándonos y le pidamos que nos conceda ser más serviciales.

 

Te doy gracias de todo corazón,

Señor, Dios mío,

te diré siempre que tú eres amigo fiel.

Me has salvado del abismo profundo,

y he experimentado tu misericordia.

Me has librado de los lazos de la tentación,

y he experimentado tu misericordia.

Me has hecho revivir, volver al camino,

y he experimentado tu misericordia.

Has curado la fiebre que me impide servir a los hermanos.

Has abierto mis ojos y mis oídos para ver y escuchar a quién me necesita.

Sigue protegiendo mi vida. Sálvame. Confío en ti.

 

Señor, yo me alegro, porque eres un Dios compasivo.

Me alegro porque eres piadoso y paciente.

Me alegro porque eres misericordioso y fiel.

Señor, mírame. Ten compasión de mí. Dame fuerza.

Protege mi vida. Sálvame. Confío en ti.

 

Tú, Señor, siempre estás pronto a ayudarme

y a animar mi corazón cuando decae.

Tú, Señor, toma mi corazón de barro

y moldéalo según la grandeza de tu misericordia.

Protege mi vida. Sálvame. Confío en ti.

 

Al día siguiente, cuando se hizo de día, salió a un lugar solitario. Jesús necesita de la soledad, del silencio, para encontrarse con su Padre, para ser fiel a su misión. Reza cuando cosecha fracasos y cuando es aclamado por todos, cuando truena y cuando hace sol.

¿Qué te dice Dios? ¿Qué le dices?

 

Dan con él y quieren retenerlo. Pero Jesús tiene claro que ha de cumplir su misión: tiene que anunciar el Evangelio en los otros pueblos.

Hemos de tener cuidado. Es muy fácil perder el rumbo de la misión que Dios da a cada uno. Si fracasamos, tenemos la tentación de abandonarla. Si tenemos éxitos, podemos modificarla para evitar la dificultad y la cruz.

            “Señor, haznos fieles, frente al éxito y al fracaso”

            “Corrige el rumbo de nuestra misión cuando se desvía”

            “A veces queremos retener a los demás en nuestro favor. Perdona.”

 

4. Termino la oración

   Doy gracias a Dios por su compañía, por sus enseñanzas, por su fuerza...

    Le pido que me ayude a vivir de acuerdo con el Evangelio

    Me despido rezando el Padre Nuestro u otra oración espontánea o ya hecha.